lunes, junio 1, 2026
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InicioCRÓNICADe Coimbra a Santa Rosa (Siglo XVII - XVIII) Parte I

De Coimbra a Santa Rosa (Siglo XVII – XVIII) Parte I

En la vasta y fértil Hacienda Coimbra, enclavada en el valle que hoy conocemos como Santa Cruz de Mora, el sol no solo maduraba los cacaotales, sino que también iluminaba la ambición de su propietario, Don Nicolás Da Buyn. Con el auge del cacao y, posteriormente, el café en la serranía merideña, se hacía imperiosa la necesidad de un puerto de embarque más eficiente y rápido que las tortuosas rutas de montaña. El destino: la orilla sur del Lago de Maracaibo, el corazón palpitante del comercio con el Caribe y Europa.

El objetivo era claro: alcanzar la población de Santa Rosa, a la vera del Lago. La tarea recayó sobre una cuadrilla mixta de arrieros—hombres recios, conocedores de la montaña y maestros en el manejo de la recua—y los esclavos de la hacienda, cuya fuerza y resistencia serían el motor de la empresa. Eran ellos, los olvidados de la historia, quienes con el machete en mano, convertirían la selva virgen en un camino transitable.

La marcha comenzó al romper el alba. El plan era trazar una trocha viable en un periplo que, se esperaba, no superaría los cuatro días. Dejaron atrás la comodidad de Coimbra y se internaron en un laberinto verde de humedad sofocante y vegetación impetuosa.

Los primeros días fueron una batalla contra el fango, los insectos y la densa maleza. El hacha del esclavo y el machete del arriero no cesaban de sonar, abriendo un sendero que debía ser lo suficientemente ancho y estable para el paso de las mulas cargadas. El sudor se mezclaba con la tierra, marcando cada metro ganado a la selva. La promesa era que, al cuarto día, el olor salino del Lago los recibiría.

Pero la montaña no solo estaba poblada por jaguares y culebras. Con la caída del sol, cuando el fuego de la hoguera era el único refugio, la ruta se poblaba de los temores ancestrales de los caminantes. Los arrieros, hombres de fe simple pero de creencias profundas, comenzaron a relatar encuentros que helaban la sangre:

  • El Jopiador: Se decía que en las horas muertas de la madrugada, un ser invisible «jopiaba» (silbaba o chistaba) a lo lejos, imitando las voces conocidas de la tropa, buscando desorientar a quien osara apartarse de la luz. Era el espíritu burlón, el que jugaba con la mente y el alma cansada.
  • El Hachero: Cerca de los campamentos, un sonido sordo y rítmico rompía el silencio: el golpear de un hacha fantasmal contra un tronco. El Hachero, según contaban, era el alma en pena de un antiguo leñador que seguía marcando su territorio, advirtiendo a los intrusos que aquella selva tenía un dueño más antiguo que cualquier título de propiedad.
  • El Arrastrador: El más temido. Una cadena o un cuerpo pesado que se arrastraba lentamente por el piso del monte, acercándose con lentitud agónica a los durmientes. Un sonido de castigo, de penitencia eterna, que recordaba a los esclavos y a los arrieros los peligros de la selva y quizás, la crueldad de su propia existencia.

Si los espíritus masculinos eran de la noche oscura, las brujas eran, irónicamente, hijas de la luz de la luna llena.

Los arrieros, al inspeccionar sus mulas al amanecer, notaban a veces a sus nobles bestias inusualmente cansadas o con pequeños nudos en sus crines. La explicación era siempre la misma, dicha con un murmullo respetuoso: “Fueron las brujas. Anoche salieron a bailar y a molestar”.

Se creía que las brujas, transformadas en sombras o criaturas de la noche, usaban los rayos de la luna llena para obtener una visión clara y, aprovechando el brillo, amarraban las patas de las mulas con nudos mágicos o imaginarios. Estos nudos no impedían el paso al animal, pero le robaban su vigor, dejándolo exhausto para la jornada. Era la perfecta excusa para el cansancio inexplicable, un recordatorio de que las fuerzas ocultas eran tan reales como el barro bajo sus botas.

Al llegar al cuarto día, extenuados y con el alma cargada por las vigilias, el aire cambió. El aroma de la selva dio paso a un soplo más abierto, más húmedo, que traía consigo el rumor del agua. Finalmente, la densa vegetación se abrió para revelar el horizonte azul-grisáceo del Lago de Maracaibo.

Habían llegado a Santa Rosa.

La trocha estaba abierta. Los arrieros y esclavos habían logrado la hazaña, uniendo la fertilidad de la sierra con la inmensidad del lago. El sudor de sus frentes se convirtió en el camino por donde fluiría la riqueza de la región, y sus relatos de Jopiadores, Hacheros, Arrastradores y brujas lunares se convertirían en las leyendas fundacionales que, hasta el día de hoy, resuenan en las bocas de los viejos pobladores del sur del Lago. El camino de Don Nicolás Da Buyn, forjado con la fe de los arrieros y la fuerza de los esclavos, quedó inscrito no solo en el mapa, sino en la memoria mágica de la tierra.

Crónica
Ramiro García Matos/Manuel Antonio Gutiérrez
La Piragua Digital

Nov. 2025

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