El Llamado de la Distancia. Antón Goering era un hombre de pinceles y horizontes. No seguía caminos marcados; los trazaba con la curiosidad de sus ojos y la tinta de sus cuadernos de bocetos. En 1869, su espíritu inquieto lo había llevado a las orillas ardientes de San Carlos de Zulia, pero su verdadero destino, sabía, yacía más allá, donde el paisaje se desdoblaba hacia el norte, hacia el inmenso espejo salobre.
Su objetivo era El Vigía, un nombre aún nuevo para lo que los lugareños conocían como el Mesón de Las Culebras. Para él, no era solo un punto en el mapa; era la promesa de una perspectiva inexplorada.
Al amanecer, con la canícula aún perezosa, inició su marcha. No tardó en encontrar su primer punto de referencia, la arteria vital de la región: el río Chama. Su voz era un secreto constante.
«A corta distancia se podía percibir el murmullo del río Chama…»
El sonido era un compás tranquilo, una guía auditiva. El sendero, apenas una cicatriz entre la maleza, se negaba a alejarse de la orilla. Antón caminaba, sintiendo la humedad que ascendía de las aguas turbias. El murmullo le recordaba la paciencia de la naturaleza y le daba certeza: mientras escuchara al Chama, no se perdería. Pintó un rápido apunte del río, capturando la danza de la luz en la superficie.

Su caminata era un acto de absorción. Se detenía para dibujar las hojas anchas, las aves de colores fugaces y el perfil lejano de las montañas andinas que parecían flotar en la bruma. Se movía con la convicción de que el camino no era simplemente la distancia entre dos puntos, sino la suma de todas las bellezas intermedias.
El Espejo en la Lejanía. El sol se elevó, y con él, el reto del calor y la densa vegetación. La selva era implacable, pero Antón tenía un segundo objetivo visual que lo impulsaba. Sabía que en algún momento, el sendero se elevaría, la vegetación cedería y el horizonte se abriría.
Tras horas de ascenso gradual, el sendero se encontró con un claro inesperado, probablemente un antiguo conuco abandonado. Se detuvo, jadeando, y limpió el sudor de su frente. Cuando levantó la vista, sintió un golpe en el pecho, no por el esfuerzo, sino por la magnitud de la vista.
«En último término de la lejanía brillaba el Lago de Maracaibo«
Era un destello plateado, casi irreal, contrastando con el verde sombrío del primer plano y el azul pálido del cielo. Desde esa altura, el Lago de Maracaibo parecía un ojo gigantesco, el testigo silencioso de toda la geografía circundante.

Antón instaló su caballete de campo en el claro, sabiendo que este punto de observación, esta ventana al lago, era crucial para la cartografía futura. Pasó la tarde pintando la inmensidad, el brillo del agua filtrándose a través de la luz de la tarde. En sus notas, escribió: «El camino debe pasar por este punto despejado; es la brújula visual del viajero. Es aquí donde el Chama se rinde ante la inmensidad del lago, y donde el horizonte se vuelve promesa.»
Esa vista despejada era el segundo pilar de su ruta: la confirmación visual de que estaba siguiendo el trayecto correcto hacia el norte y occidente. Cuando el sol comenzó a teñir el cielo de naranja y púrpura, empacó sus cosas, su corazón lleno de la paz que solo la inmensidad puede ofrecer. Sabía que la prueba final de su camino estaba cerca.
La Mesa y la Conquista. La noche en la selva fue una sinfonía de insectos y misterio. Al amanecer del día siguiente, Antón se adentró en la fase final de su trayecto. El camino se había vuelto más definido, una senda utilizada por arrieros y cazadores, lo que significaba que su destino estaba cerca.
La inclinación del terreno se estabilizó. Había llegado a una elevación plana, un altiplano natural que la gente de la zona identificaba con un nombre inquietante y evocador: la Mesa de Las Culebras.

El ambiente en la mesa era diferente: más abierto, más ventilado, menos asfixiante que la selva baja. Antón Goering comprendió inmediatamente la importancia estratégica de este lugar. Era una elevación plana, segura de las crecidas del río, con accesos naturales, el lugar perfecto para un caserío o, como se estaba planeando, un puesto de vigilancia y descanso: El Vigía.
«Pasaba por la Mesa de Las Culebras (la mesa en la cual está ubicado hoy en día El Vigía)»
Caminando sobre la tierra firme de la mesa, sintió la satisfacción del explorador que ha confirmado una hipótesis. Había utilizado tres elementos naturales —el murmullo del río Chama, la vista despejada del Lago de Maracaibo, y la elevación de la Mesa de Las Culebras— para trazar una ruta desde San Carlos hasta el corazón del Mesón.
Al llegar a las primeras construcciones incipientes, donde se oían los golpes de los martillos y las voces de los colonos, Antón se sentó sobre una roca, abrió su cuaderno y dibujó un mapa final. El camino estaba marcado. No era solo la senda de un pintor, sino la futura vía de comercio.
La ruta de Antón Goering era un testimonio de cómo la naturaleza misma provee los marcadores para la civilización. El Chama daba el sonido, el Lago el horizonte, y la Mesa el destino. El artista había encontrado su camino y, al hacerlo, había ayudado a encontrar el camino para todos los que vendrían después. En ese lugar, la Mesa de Las Culebras, nacería la población que se convertiría en un vigilante de las rutas: El Vigía…
Crónica
Ramiro García Matos
Redacción La Piragua Digital https://lapiragua.com.ve
Compilación en depósito
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