El año 1707 marcó un punto de inflexión en la historia de Clara Da Buyn y la región de La Portuguesa. Para entonces, el mesón original, La Portuguesa de Clara Da Buyn, ya era una institución. Pero la visión de Clara, alimentada por el oro templario, trascendía los límites de un solo establecimiento. Fue en este año cuando comenzó la ambiciosa expansión que daría forma a la geografía y al destino de la comarca.
La Construcción de los Nuevos Caminos
La edificación de El Mesón del Viajero y La Posada del Agua Fresca no fue una tarea sencilla. Estas construcciones, pensadas para atender el creciente flujo de comercio y viajeros, requirieron de una infraestructura que la densa vegetación local no proporcionaba. Así, la vasta fortuna de Clara se invirtió no solo en ladrillos y tejas, sino en la apertura de caminos.
Arrieros, con sus mulas cargadas de provisiones y herramientas, se convirtieron en los pioneros de esta expansión. Su trabajo, incansable y a menudo brutal, consistía en desbrozar la maleza, talar árboles y allanar el terreno. La madera extraída no se desperdiciaba; gran parte se utilizaba en la construcción de los propios mesones y en la fabricación de cercas y muebles.
Pero la escala de la deforestación pronto superó la capacidad de los arrieros y peones locales. Clara, impulsada por la necesidad de agilizar el progreso y consciente de la disponibilidad de mano de obra barata en la época, recurrió a esclavos. Grupos de hombres, mujeres y niños, arrancados de sus tierras y traídos a la Portuguesa, fueron forzados a trabajar en las cuadrillas de desmonte. Sus esfuerzos, a menudo bajo condiciones extenuantes, crearon senderos que se ensancharon con el tiempo, transformándose en los primeros caminos transitables que conectaban los mesones.

Un Camino Hacia la Hacienda Coimbra
La ambición de Clara no se detuvo en la conexión de sus propios establecimientos. Su visión estratégica la llevó a extender la red de caminos hacia la Hacienda Coimbra, un próspero centro de producción agrícola ubicado a varios días de viaje. La ruta hacia Coimbra era fundamental para el comercio de la región, ya que permitía el transporte de productos agrícolas, ganado y otros bienes esenciales.
Los esclavos y arrieros continuaron su ardua labor, empujando la frontera del bosque cada vez más lejos. El sonido de los hachas resonaba en la espesura, y las hogueras de la quema de rastrojos marcaban el avance de la civilización sobre la naturaleza virgen. Lo que antes era un denso bosque, se transformaba en campos abiertos y senderos definidos.
Este proceso de deforestación, si bien vital para el desarrollo económico de la región y la consolidación de la influencia de Clara, tuvo un impacto profundo en el paisaje. Especies de árboles centenarios cayeron, la fauna local se vio desplazada, y el equilibrio del ecosistema comenzó a alterarse. La prosperidad de los mesones de Clara Da Buyn se construyó, en parte, sobre la transformación radical de su entorno natural. La riqueza templaria, que había comenzado como una bendición, se convirtió en el motor de una nueva era de expansión, progreso y, para algunos, de sacrificio y pérdida.
Crónica
Ramiro Garcia Matos/
Manuel Antonio Gutiérrez
Redacción: La Piragua Digital
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