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El Filo del Cuchillo: Fundación en el Pantano

El aire era una sopa densa y caliente, con olor a barro, a lirio podrido y a la promesa incierta de la prosperidad. El sol de febrero de 1778 castigaba sin piedad las espaldas de los recién llegados, un centenar de almas curtidas traídas desde las alturas frías de La Grita. No venían huyendo, sino a sembrar una pared donde antes solo había jungla y pantanos.

Al frente del grupo, Don Pedro José de Orellana, un hombre menudo con la determinación forjada en el acero andino, señalaba un montículo de tierra ligeramente más alto que el lodazal circundante.

«Aquí,» tronó su voz sobre el rumor de los mosquitos y el hacha. «Aquí se levantará la fundación que se llamará San Carlos de Zulia. Y será un dique

El ‘dique’ al que se refería Orellana tenía tres propósitos, tres filos de un mismo cuchillo:

  1. Detener a Maracaibo: Los criollos de Maracaibo veían el Sur del Lago como su botín, su expansión natural. San Carlos, posicionado cerca de la boca del río Escalante, era un tapón andino que aseguraba la conexión de Mérida con el gran cuerpo de agua, garantizando que su comercio no muriera ahogado por la ambición costeña.
  2. Asegurar el Puerto: Necesitaban una puerta al Lago de Maracaibo, un sitio donde el cacao, el añil y el tabaco de las tierras altas pudieran embarcarse hacia el mundo. El Escalante, ancho y navegable, ofrecía la promesa.
  3. Contener al Motilón: La selva, en su espesura inescrutable, guardaba a los Motilones, guerreros indómitos que defendían su territorio con flechas envenenadas y un conocimiento ancestral del monte. Su presencia era un terror constante que paralizaba la expansión colonial.

Entre los colonos de La Grita, se destacaba Doña Inés, la Hilandera. Una mujer de manos ásperas y ojos vivaces que había caminado todo el camino descalza. Ella no portaba un fusil, sino una rueca, herramienta esencial en la producción de textiles.

Pantano en el Sur del Lago de Maracaibo. Foto: Imagen Google

«Don Pedro,» dijo una tarde, mientras los hombres sudaban levantando la primera empalizada. «¿Qué clase de puerto haremos si la tierra tiembla bajo nuestros pies y no tenemos ni siquiera un santo que nos mire desde el cielo?»

La pregunta de Doña Inés resonó. No se trataba solo de estrategia militar o económica; era cuestión de Fe y arraigo.

Don Pedro, en respuesta, desenvainó su espada y la clavó en la tierra virgen. «El santo será San Carlos Borromeo, en honor al Rey Carlos III. Y la tierra dejará de temblar cuando la marquemos con nuestras casas. Los marabinos sabrán que hemos llegado al ver nuestra iglesia. Los Motilones sabrán que no nos vamos a ir al escuchar nuestras campanas.»

Así, bajo el martilleo incesante de la construcción y el zumbido constante de la vida salvaje, San Carlos del Zulia comenzó a tomar forma. Los colonos, que habían dejado atrás los picos nevados, aprendían a convivir con el calor sofocante, las fiebres y la cercanía del enemigo invisible.

La tensión era palpable. Cada tala de árbol era un desafío a la selva. Cada canoa que llegaba cargada de provisiones era un triunfo sobre la distancia. Y cada noche, los vigías andinos, acostumbrados al silencio de las alturas, escuchaban los ruidos misteriosos de la noche tropical: el rugido del jaguar, el croar de las ranas y, a veces, un silbido tenue y agudo que no era de animal, que era de flecha o de advertencia desde la penumbra del monte.

En la madrugada del 16 de marzo de 1778, luego de algunas diligencias en la ciudad de Maracaibo por parte de una delegación que se entrevistó con el Gobernador de Maracaibo, para solicitarle la fundación de Villa a Puerto Zulia, se embarcan hacia el Puerto mencionado, el Regidor Depositario General don Nicolás Antúnez Pacheco y el Teniente de Infantería don Josef Ramón Hernández de la Calle y arriban a ese Puerto el día 22 de marzo de ese mismo año.

El 23 de marzo de 1778, a las nueve de la mañana, se procede a clavar en el suelo un horcón de curarire en donde se pegaría luego del evento, el Acta de Fundación.

El Capitan Antúnez Pacheco se acercó al centro de la futura plaza en donde había hecho clavar un madero al que se le pegaría el documento del acta de fundación, leyó el Acta y, levantando la voz clara e intelegible y en nombre del Rey Carlos III. Indicó el nombre que llevaría (Villa de San Carlos del río Zulia de los españoles) y dio unos golpes con la espada en el madero en señal de autoridad. Luego, realizó la distribución de los terrenos e indicó los sitios para la Iglesia, el cementerio, los edificios públicos, las casas para cada vecino, los lugares para labranza y para residencias de indígenas.

Este horcón permaneció en el sitio en donde está actualmente la Plaza Bolívar hasta el año 1930. Año en que se erigió la estatua pedestre de nuestro Libertador.

San Carlos de Zulia no fue fundado con oro, sino con la terquedad de la montaña trasplantada al pantano. Fue un acto de voluntad política convertido en pueblo, un escudo humano para defender la salida de los Andes y un puerto que, contra todo pronóstico, se mantendría en el tiempo.

Doña Inés fue la primera en encender un fogón permanente. Mientras la columna de humo subía recta en el cielo, desafiando a la selva y a los vientos, Don Pedro supo que la fundación se había completado. No era la espada lo que aseguraba el pueblo, sino el humo de un hogar y el corazón de un pueblo que se negaba a retroceder.

Crónica
Ramiro García Matos y
Manuel Antonio Gutiérrez

Bibliografía Consultada
Villasmil, B. (1993). Memorias de Santa Bárbara. Dirección de Cultura de La Universidad del Zulia. Maracaibo. Venezuela.

La Piragua Revista Digital

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