miércoles, junio 3, 2026
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El teatro del abrazo: Cuando los «castillos» de campaña se transforman en humo

Existe un fenómeno meteorológico que solo ocurre cada cuatro años y desafía todas las leyes de la física y la sociología. No se anuncia en los telediarios, pero se siente en las calles. De pronto, los barrios periféricos y las parroquias tradicionalmente olvidadas se inundan de fragancias de diseñador, camisas blancas impecablemente arremangadas y una súbita, casi milagrosa, efusión de amor al prójimo. Es la temporada alta de la campaña electoral, el gran carnaval de la esperanza empaquetada.

Durante unas semanas, los candidatos locales se convierten en una mezcla de reyes magos y trabajadores sociales. Van por ahí prometiendo «villas y castillos», asfalto donde solo hay tierra, hospitales de última generación donde no hay ni gasas, y un futuro tan brillante que encandila.

Sin embargo, el verdadero espectáculo no está en el programa de gobierno —ese documento que casi nadie lee y que se archiva antes de imprimirse—, sino en la impecable coreografía del afecto calculado.

El ósculo de la victoria (provisional)

Es fascinante observar el despliegue del candidato en el terreno. Posee un radar infalible para detectar tres objetivos prioritarios: la anciana venerable, el abuelo de mirada cansada y el niño de mejillas fotogénicas.

El manual no escrito del político perfecto dicta que ningún voto vale tanto como el que se consigue mediante un abrazo apretado ante las cámaras.

Vemos al aspirante estrechar manos callosas con una empatía que conmovería al mismísimo san Francisco de Asís. Besa a niños que no conoce, sostiene bebés ajenos con la destreza de un pediatra y escucha las penurias de los jubilados asintiendo con la cabeza, con los ojos entrecerrados por un dolor que parece desgarrarle el alma. En ese instante, en esa humilde parroquia, el político no es un burócrata: es un salvador, un vecino más que ha venido a hacer justicia.

El obturador de la cámara de su equipo de prensa hace clic. La foto va directo a las redes sociales con un texto poético sobre «el calor del pueblo». El objetivo está cumplido.

La amnesia del día después

El problema de este tierno romance es que tiene fecha de caducidad: el domingo de las elecciones a las seis de la tarde. Una vez que las urnas se cierran y el candidato se corona como el nuevo alcalde o concejal, el hechizo se rompe. Las carrozas de oro vuelven a ser calabazas y las promesas de «villas y castillos» se reducen a un simple «haremos lo que permita el presupuesto».

La hipocresía del sistema radica en la asimetría del trato. Esos mismos ancianos que fueron estrujados con fervor cinematográfico durante el mitin, descubren meses después que para conseguir una audiencia con el ya funcionario necesitan sortear tres secretarias, rellenar cuatro formularios y esperar un milagro. Las calles de la parroquia siguen teniendo los mismos baches, el alumbrado público continúa parpadeando como una película de terror y el agua potable sigue siendo un lujo intermitente.

¿Dónde quedó el candidato que lloraba con el relato de la falta de medicinas? Está ocupado, en una reunión de alta prioridad, blindado tras los cristales ahumados de una camioneta oficial que pasa a toda velocidad por la misma avenida que prometió pavimentar, sin detenerse, por supuesto, a besar a nadie.

El precio del desencanto

Esta vieja comedia, repetida hasta el cansancio en cualquier municipio del mundo, ha dejado de dar risa. El beso político ya no es un símbolo de cercanía, sino una señal de alerta; la ciudadanía ha aprendido, a golpe de decepciones, que cuanto más fuerte es el abrazo en campaña, más frío será el olvido en el ejercicio del poder.

No se trata de caer en el cinismo absoluto ni de dinamitar la política, que sigue siendo la herramienta más legítima para cambiar la sociedad. Se trata de exigir madurez. La próxima vez que un candidato se acerque a una parroquia derrochando amor instantáneo y ofreciendo castillos en el aire, quizás el pueblo debería responderle con una cortesía elegante pero implacable: «Menos abrazos, candidato, y más presupuestos firmados. Los besos ya nos los damos en casa».

RGM/La Piragua/Redacción

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