martes, junio 2, 2026
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La Sombra de la Noche

Doña Felisa era un alma inquieta. Con la agudeza visual propia de quien ha vivido muchas noches, escudriñaba desde su ventana la calle solitaria. La penumbra era su aliada, y bajo su manto, sus ojos se transformaban en faros que recorrían cada rincón de la vecindad. Las horas se deslizaban lentas, y con cada tic-tac del reloj, Doña Felisa se sumergía más en su mundo de observaciones.

Había noches en las que la calma era interrumpida por murmullos que se filtraban a través de las paredes. Los vecinos, en sus conversaciones, revelaban secretos, anhelos y preocupaciones que Doña Felisa guardaba celosamente en su memoria. Era como si cada noche fuera un capítulo de un libro que ella escribía, un libro lleno de historias que nadie más conocería.

Una noche, mientras la luna dibujaba sombras alargadas en la calle, Doña Felisa fue testigo de una escena que la dejó perpleja. Una caravana fúnebre, encabezada por seis hombres que cargaban un ataúd negro, se detuvo frente a su casa. Justo cuando el féretro pasaba por su ventana, una anciana, encorvada por los años, se acercó a ella. Con voz temblorosa, le pidió que le guardara una bolsa de papel.

—Por favor, señora, guárdeme esto hasta que regrese. Le prometo que volveré a buscarlo.

Doña Felisa, aunque desconcertada, accedió a la petición. La anciana se marchó con la caravana, y la bolsa quedó en manos de la curiosa vecina.

Pasaron las semanas y la bolsa permaneció intacta en un rincón de la sala. La curiosidad de Doña Felisa crecía a medida que los días pasaban. Una noche, impulsada por un anhelo irrefrenable de saber qué contenía aquel paquete, decidió abrirlo.

Con dedos temblorosos, desató el nudo y levantó la tapa de la bolsa. Sus ojos se abrieron de par en par al contemplar una escena macabra: dentro, reposaban los huesos de un ser humano. Un escalofrío recorrió su cuerpo, y un grito ahogado escapó de sus labios. El horror de lo que había visto la paralizó.

Al día siguiente, sus familiares la encontraron desmayada en el suelo de la sala. La llevaron de urgencia al Hospital Colón, ubicado a orillas del río, en el lugar donde hoy se levanta el Paseo La Orilla. Los médicos diagnosticaron un infarto fulminante.

Doña Felisa se había llevado a la tumba el secreto de la bolsa de papel y el misterio que la había atormentado hasta sus últimos momentos. La sombra de la noche, que tanto había acompañado sus días, se había convertido en la protagonista de su trágica historia.

Moraleja: Mira lo que suele pasar por estar pendientes de la vida de los demás

RGM/La Piragua Digital

Nota: Se le agradece a nuestros lectores, si van a copiar y pegar este cuento en un post o en redes sociales deben citar la fuente. Para respetar el Copyright.

Ejemplo.

Tomado de La piragua Revista Digital del Sur del Lago.

Autor: Ramiro García Matos

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