Corrían los años 50 y la población de San Carlos de Zulia, sufría de la terrible leyenda del ahorcado del “mango e´ la porra”. Esta leyenda refiere que entre las haciendas Caricagüey, propiedad de la familia González y la hacienda San Mateo, propiedad de Amador Villamediana, se veía al caer la tarde, según personas que juraban haberla visto en ocasiones, la figura de una persona colgada en una mata de mango, precisamente en la primera curva del camellón entre las haciendas mencionadas.
En ese sentido, Pedro Matera, contaba en reunión con sus amigos, en una noche de tragos en algún bar de la referida población que él en sus años de adolescencia, cuando salía a la caza de palomitas, hacia la zona de Caricagüey, vió la figura de una persona colgada de la mata de mango en la primera curva que conducía a la hacienda San Mateo. Contaba Matera a sus amigos, que un día salió muy temprano desde el centro de San Carlos hacía la zona noreste de la ciudad en la que estaba el camino que conducía al camellón para ir a cazar las tórtolas. Pedro iba solo, ninguno de sus amigos lo quiso acompañar.
Matera, continuó con su relato a la vez que se llevaba a la boca el trago de un ron fuerte que comercializaban los maquinistas del ferrocarril a los dueños de los establecimientos donde vendían aguardiente. El interlocutor procedió a exponer su experiencia: “Ese día, ya casi cayendo la tarde, y ya había cazado con mi honda una decena de tortolitas. Éramos once hermanos y todavía faltaban cuatro presas para el almuerzo del día siguiente. A las tortolitas, luego de que mi madre les quitaba el plumaje y las componía, las sazonaba y las freía en aceite de puerco. Quedaban deliciosas.”.
Matera, haciendo una pausa para tragar aquel líquido que quemaba la garganta, continuó con su recitación.
“Esa tarde, en el instante que existe entre la puesta del sol y el comienzo de la noche, eran como las siete, no pude cazar más tórtolas, ya la clara estaba desapareciendo. Procedí a regresar. Llevaba ya una docena de aves y, debía emprender la caminata de regreso hacia mi casa la cual estaba como a cuatro kilómetros desde donde me encontraba”. El relator hizo una pausa para empinarse otro trago y continuó:
“Coño, mis amigos! Cuando emprendí mi caminata de regreso, solo pensaba en el momento en que pasaría por la curva donde estaba aquel frondoso árbol. Y pensé: Verga, dígame si veo al ahorcado! Seguí caminando y divisé como a cincuenta metros, el comienzo de la curva donde estaba aquel árbol oscuro y tenebroso. Cuando voy llegando a la curva, se me eriza la piel y apuro el paso, no quería enfocar la vista hacia mi izquierda, es decir, hacia el lugar donde estaba aquel frutal. Pero como dicen, la vista es necia, volteé y ví la figura ya oscura de aquel hombre guindando de un mecate, en la rama más baja de aquel árbol.”. La audiencia no hallaba cómo reaccionar ante el relato, unos reían y a otros se les erizaba la piel. Miguel, un guajiro que se encontraba entre los presentes, pensó: “Yo tengo que dirigirme hacia la parcela donde trabajo”. La parcela a la que se refería el guajiro quedaba precisamente entre las haciendas Caricagüey y San Mateo. Al dueño de la misma le decían por epíteto Sebo de Troja. Desde ese día no se supo más del guajiro Miguel. Muchos dicen que no volvió al trabajo y se fue a Machiques, otros que murió de susto al ver al aparecido y fue enterrado en la referida parcela pues ningún familiar lo reclamó.
Pedro prosiguió: “Coño, corrí como alma que lleva el diablo, me hice la señal de la Cruz como cincuenta mil veces mientras corría hasta dejar atrás aquella zona espeluznante. Después de esa experiencia, jamás volví solo a esos montascales. Iba siempre acompañado y regresaba con el producto de la caza a más tardar a las cinco de la tarde.”. Pedro se sentó, como abrumado, se sirvió otro trago y calló. Nadie preguntó ni nadie hizo comentarios al respecto… hasta que otro compañero inició otra conversación.
Contaban los lugareños que el ahorcado del mango de la porra, fue un hombre que se suicidó de esa manera pues su mujer le fue infiel con su compadre y, la aparición permanecía allí en esa zona porque su alma estaba penando.
A la fecha, ya nadie comenta sobre la leyenda de la curva del mango de la porra. Ni creo que las nuevas generaciones conocen de la misma. El árbol de mango ya no está allí. No sé qué ocurre ahora en esa zona, pero no les recomiendo cruzar ese camellón en horas de la noche.
RGM
Redacción/ La Piragua Revista Digital
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