¿Cuál es la Muerte que acecha? El hombre simboliza la Muerte con el cuerpo descarnado de una mujer, vestida con un manto negro y armada de una filosa guadaña. La Muerte es un ser mitológico creado por la fantasía del hombre. ¿Por qué no digo de los mortales en general?, porque los otros mortales no definen la muerte, sino que presienten el peligro. Si supieran definir la muerte huyeran del hombre, ya que la muerte y el hombre, para ellos, conviven en fatal contubernio. Entonces, ¿qué es la muerte para el hombre? Para el hombre sensato la muerte no es más que la cesación de la vida. Nada más.
Decía Sócrates, o quien lo dijera: “La Vida es la Muerte y la Muerte es la Vida”. ¡Vaya frase más confusa! Como tampoco sabemos definir la Muerte la simbolizamos en el ser tenebroso ya descrito. Se considera la frase socrática en el sentido de inmor- talización de un personaje que haya dejado una serie de hechos importantes en su vida y que se hayan quedado gravados en la mente de la Humanidad. He allí, la vida de que habla Sócrates. Pero parece que al muerto poco le preocupa esa situación, porque lo que fue, fue y no fue más.

Sin embargo, apoyándonos en determinados acontecimientos que nos ocurren cuando estamos vivos y, llevándolos al crisol de la razón, jamás sabemos de qué se trata, o al menos, cómo definirlos, entonces, nace de allí el misterio, término que tampoco sabemos definir. Atemperándonos que misterio es cosa inaccesible a nuestra razón, así sea natural.
Es el caso, que el año de 1956 trabajé como chofer de un camión, tipo jaula, para transportar ganado vacuno. Mi patrón, un italiano, tenía dos camiones de ese tipo, uno que manejaba yo y el otro que manejaba… bueno, vamos llamarlo Antonio, por lo insólito del caso.
Antonio y yo trabajábamos en esos camiones casi desde el comienzo del citado año. Pero el dos de noviembre, ya mi compañero y colega habíamos trabado amistad y, por lo regular, siempre se nos veía juntos.
Frente a uno de los columbarios había un grupo de jóvenes que miraban dentro de una fosa, se reían y comentaban algo. Mi amigo se acerco al sitio y notó que el móvil de las risas y los comentarios eran unos restos que estaban dentro de la fosa. Antonio cogió un poco de monte y rellenó la sepultura, mientras los jóvenes se retiraban del lugar. Antonio expuso.
– Por eso es que yo quiero que me entierren en el suelo. Mientras uno tiene deudos cuidan de nuestra sepultura; pero también ellos al desaparecer del mundo de los vivos las bóvedas se destruyen, quedando nuestros despojos a la vista de los profanos. Yo quiero que me entierren en una fosa común.
– Eso no lo puedes disponer tú. Eso queda a juicio de tus deudos, le replique.
– Así quede a juicio de quien quede. Yo quiero que me entierren en el suelo, sino armo un escándalo.
– ¿Y cuándo has visto que los En esa fecha, día de los Fieles Difuntos, asistimos al campo santo. Allí empezamos a deambular de un lado a otro del sagrado recinto.
muertos arman escándalos?, le pregunté
– No lo se; pero si puedo armarlo, ten la seguridad que lo armo.
Llegó el atardecer y nos retiramos del cementerio.
En la noche, Antonio me aviso que saldríamos a las tres de la mañana del día siguiente a buscar unas reses en una hacienda de Encontrados. Así quedamos convenidos y a la citada hora partimos.
El camión de Antonio iba delante y yo lo seguía a prudencial distancia; pero un poco antes de llegar al puente del caño del Caimán, el camión de Antonio se salió de la carretera, dio una voltereta y cayó a un zanjón de tres metros de profundidad.
Paré mi camión y presuroso me lancé al zanjón cuando Antonio abrió la puerta saliendo ileso.
-¿Como estás?, le pregunté.
– No me pasó nada, respondió.
El camión de Antonio cayó en la profundidad del zanjón y fue imposible arrastrarlo con el otro camión, era necesario buscar una grúa.
Antonio quedo en el lugar del accidente mientras que yo salí en pos de la grúa.
Dos horas después retorne con la maquinaria y ésta se acomodó lo que mejor que pudo y empezó a desenrollar la cuerda.
Antonio cogió el gancho y trato de atarlo al chasis metiendo las manos en el pajonal, debajo del camión. De pronto sacó la diestra y dijo.
- Me pinché con una espina.
Efectivamente, en una vena del dorso de la mano derecha tenía -un punto de sangre. Antonio volvió a meter las manos en el pajonal y las sacó de nuevo; pero ahora traía prendida de la mano una serpiente, conocida por estos lugares con el nombre de “rabo amarillo”, Aquel ofidio no tendría más de cuarenta centímetros de largo; pero había mordido dos veces la mano de Antonio y precisamente en las venas.
Matamos la serpiente y con la premura que el caso requería montamos al lesionado en mi camión y partí con el para el Hospital Colón.
Cuando el médico lo vio ya estaba agonizando; pues el veneno habla recorrido todo el organismo, ya que las mordeduras habían sido en las venas del dorso de la mano derecha. Una hora después murió brotándole la sangre por los oídos, la nariz y boca.
El italiano dueño de los camiones colaboró voluntariamente con los gastos del entierro y al cadáver lo fuimos a sepultar el día siguiente.
Ya en el cementerio el sepulturero preparo la bóveda cuando dentro del ataúd se empezaron a sentir unos golpes, como si el cadáver golpeara la tapa del ataúd. Lo abrimos y el cadáver mostraba la rigidez y el semblante característico de los cuerpos cuando comienza el período de descomposición. Cerramos de nuevo el ataúd y de nuevo se sintieron los golpea, ahora con más intensidad.
Uno de los asistentes aconsejo que buscara a un médico para que lo declarara muerto, esto es, si es verdad que estaba muerto. Un hermano del difunto salió en pos del médico que vivía cerca del cementerio y al poco tiempo retornó con el discípulo de Esculapio. Este ordena que se abriera de nuevo el ataúd y levantando una pierna del difunto le aplico un fósforo encendido en el talón. La carne chirrió al contacto con la llama y el cadáver permaneció igual.
- Está muerto, dijo el médico.
Se trató de nuevo meterlo en la bóveda y se sintieron otra vez los golpes y el ataúd se movió.
- Busquen al cura, aconsejó el médico.
Así se hizo y al poco tiempo apareció el sacerdote. Oyó también los golpes dentro del ataúd y preguntó.
– ¿Hay alguien que sepa algo que dijera el finado con respecto a la sepultura?
– A mí me dijo antier, le respondí, que si no lo enterraban en el suelo armaba un escándalo.
Eso es, repuso el sacerdote. Sepúltenlo en una fosa común para que deje de patalear. Esa es la verdadera sepultura cristiana y así es el precepto bíblico. Si así lo dijo antier ya la Muerte lo acechaba.
Antonio fue sepultado en una fosa común y dijo alguien de los presentes haber escuchado un “¡muchas gracias!” desde el fondo de la fosa.
Fuente: Cuentos y Crónicas del Sur del Lago/Bernardo Villasmil (1929-1988)
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