La noche en que los instrumentos cantaron

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Santa Bárbara de Zulia. Una noche calurosa no podía faltar para darle la bienvenida a la representación filarmónica de San Juan de Colón, del estado Táchira.Ese día, la mañana estuvo congestionada. Decenas de chiquillos alardeaban por su coso estudiantil, mientras que las autoridades del gremio disputaban la hegemonía. El tiempo es sabio y cada  turba se enfiló hacia el sosiego que caracteriza al poblado.Nada fácil, pero la cita estaba pautada. No había marcha atrás. El espectáculo debía seguir, como en las tablas hacen saber a los aprendices de actuación.La espesa neblina se fue disipando a medida que la unidad de transporte colectivo los bajaba de aquéllos cerros, montañas donde han aprendido las técnicas en solfeo propias de cada recital.En los compartimientos estaban los instrumentos de viento, cuerda y percusión sofocados en los estuches negros en cuero y tela sintética. El violín no se hallaba sin la vara que lo hace reír y “cantar”. El tambor no era el mismo sin su mística resonancia.Las flautas pedían a gritos salir de aquél encierro y ser sopladas como nunca. El equipo instrumental buscaba la manera de que sus dueños se dispusieran en pos de dar un recital que a todas luces superara al anterior.La zozobra se esfumó cuando el autobús se detuvo. La alegría tocó cada cuerda, armazón de madera y hierro, cada orificio por donde el aire se escapa, cada ranura por donde la música liberta en busca de oídos ávidos de inmortales tonadas.Había pasado un lapso de una hora y la tensión se apodero del recinto, esta vez, desnudos, al descubierto, a la vista de los colonenses, aunque no de su lar radico, les indicaban que esa noche debían dejar una huella imborrable en mente y alma. El concierto debía ser impecable.La voz entre las huecas piezas corrió como pólvora. Sellaron un pacto. No sólo se conformarían con hacer sonar sus partes, sino que debían cantar. Cantar, para endulzar aún más al público que masivamente asistió al encuentro.La viola y el violín preguntaron ¿pero cómo? Fácil, añadió el platillo, cuando el director de las indicaciones, sin que nadie se de cuenta, afloramos lo que desde siempre sabemos, pero que nos da miedo hacer. “Debemos superar ese obstáculo”.Arriesgado, improvisado, así parecía. “Nosotros añoramos a Beethoven, y los humanos saben qué esperan de nosotros, aunque hoy será distinto: daremos más de un 100 por ciento”, discutían los instrumentos en una especie de tertulia inimaginable. La manera de medir la pulcritud de cada tema se centraba en divisar el levantamiento del público de sus asientos.Así parecían proseguir los minutos, con entereza, vigor. El universo conspiró. Las cuerdas enderezaron, las flautas sacaron de su interior el brío angelical, mientras que los de percusión soportaron cuanto retumbe fue necesario para estallar en la decena de canciones.Quien dirigía, dio muestras de conocerlos a fondo. El grupo de jóvenes no se intimidó. Apenas vieron a Javier Pernía, enderezaron sus troncos y piernas. La rectitud primó en la velada cultural.No se escuchaba nada. Los flashes de las cámaras, el ruido de los insectos, y lo que se escapaba de la cónsola de sonido, fueron los únicos que murmuraban en el azulado salón de Eventos de la Escuela Social de Avanzada Carmelita Roldán Portillo el 29 de mayo.Cuando el reloj marcó las 7:49 minutos, las palabras del maestro Jhon Peralta, antecedieron la majestuosidad.La uniformidad con que estéticamente figuró el equipo no tenía igual. Atavíos celestiales de blanco superior y negro inferior, cabellos recogidos y lizos, moños bien armados y tensos, medias y sudaderas prestar a aguantar lo que expedía del miedo y nerviosismo de los púberes, quedaron al descubierto.Mientras que el público apreciaba la armonía, ya sea de pie o sentado en la plasticidad azulada de la silla, los instrumentos dieron curso al pacto hecho una vez salieron de los compartimientos.Lo primero en pasear por martillo, yunque y estribo, fue la gloriosa nota del Gloria al Bravo Pueblo. Prosiguió Canción de los Recolectores, de Tchaicovsky, la Marcha Alda de Verdl, Obtura Gitana Gypsi de la pluma de Isaac.Nada cobró mayor importancia que la Marcha Persa, de Strauss. Los expectantes se erizaban mientras Coral Ruso (Tchaicovsky), Marcha Alla Turca de Ludwig van Beethoven, así como la excepcional Marcha de las tres naranjas, obra de Prokoflev, se apropiaban del recinto, mientras que una Danza Hungara, parecía poner fin, sin embargo, la melodía de Venezuela, cuyo autor es Herrero Armenteros, no dejó al público sin una muestra nacionalista.El evento cerró con el himno del estado Táchira. Al final, violines, flautas, violas, violonchelos, clarinetes, trompetas y tuba, estrecharon emocionalmente sus “brazos”. Cantaron sin decir ni una sola palabra. Abdiel Guerrero, director de Cultura despidió al concurrido y satisfecho espectáculo, mientras que la directora de Extensión de la Unesur, Emérita Lara, estuvo vigilante ante cualquier pormenor.Las expectativas giraron en torno al concierto debut de la Orquesta Sinfónica del núcleo San Carlos de Zulia, cuyo evento tiene cita del primero de junio en la Com-Catedral San Carlos Borromeo, a partir de las 4:00 de la tarde.

Edwin Urdaneta

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