El Río Escalante y el negro Juan

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Un río que divide la tierra. Dos ciudades que abrazan un río. Un río que une a dos ciudades que en realidad son una sola con un lago. Ese río es el Escalante. Esas ciudades, San Carlos y Santa Bárbara. Esa gente, la misma gente a los dos lados: los zulieros.

Frente a ese río una calle: Calle Marina. Una casa: No. 27. Nací en esa casa, en esa calle, frente a ese río… En Santa Bárbara.

Ese río, El Escalante era un río, macho, imponente, vigoroso, generoso, orgulloso, terrible, bravo, majestuoso.

Ni el infinito cielo, con las infinitas estrellas, me impresio­naron tanto en mi niñez como ese río.

La geografía se hizo psicología en la profunda presencia de ese río durante mi infancia.

En verdad, en Santa Bárbara y San Carlos todo giraba en torno a él: En su muelle atracaban numerosas piraguas y «afluía», a manera de río de metal, el desaparecido ferrocarril Santa Bárbara-EI Vigía. Millones, de productos agrícolas y pecuarios, en diversidad y cantidad, traídos de Los Andes y de todas las zonas del Sur del Lago que atravesaba aquel ferrocarril, llenaban el vientre nunca satisfecho de las hoy añoradas piraguas; producción que cubría las necesidades alimentarias de Maracai-bo y de otras latitudes. En torno a esa confluencia de ríos de agua ( con las imponentes, inolvidables y amadas piraguas) y de metal, (con sus vagones y carretas cargados de animales y frutos), se generaba un verdadero hormigueo humano.

El Escalante era temible en creciente. Con furia indetenible

arrebataba todo sin piedad. No aceptaba retos ni burlas. Cuan­do lo desafiaban se convertía, a manera de un Saturno, en devorador de hombres, que se consideraban nadadores inven­cible ¡ Cuántas tumbas! ¡ Cuántos seres sepultó en sus entrañas! Hoy, dolorosamente el hermoso y orgulloso río, por efecto de la maleficencia humana, ha sido convertido para su humillación, en una harapienta cloaca-riachuelo.

El Negro Juan, era un negro bembón y pendenciero; con un vozarrón tan fuerte como un trueno en el silencio de la noche. Huésped frecuente del solariego Retén Policial, ubicado en aquél tiempo frente a la Plaza Bolívar en San Carlos del Zulia. Ese negro, bebedor escandaloso, con una estatura que no alcanzaba 1,70 metros, más bien magro, tenía unos puños como dinamita que explotaban en la cara de quien despertara su ira. Juan era la única persona a quien el Río respetaba. El negro Juan era bravo como El Escalante.

Nacido en la Calle Marina No. 27, en el lugar donde hoy funciona una sucia taguara, me daba cuenta, quizás desde que mi madre me amamantaba, por sus vibraciones y el tipo amargo de leche de su seno, de los ahogados que aquél río se tragaba:

  • ¡ Un ahogado!

Dos palabras que una vez salidas de una boca, producían una reacción en cadena. La voz corría con la rapidez del relámpago. La fiera sólo le entregaría al negro Juan la nueva presa.

  • ¿Dónde estará el negro Juan7. Era la pregunta que al unísono todos los habitantes de las ciudades gemelas se hacían.

¡ Casi seguro que le habrá partido a alguien la cara con su puño de hierro y está preso ! Era la respuesta automática que se generaba en la mente de la gente.

Existía como un pacto entre el río y el negro Juan. Eso lo sabía el Prefecto y era vox populi. El grito de ¡ un aho­gado!, era asociado en forma inmediata con el negro Juan; porque el río solamente le entregaba a él sus trofeos. ¡ Un ahogado por la libertad del negro Juan!, parecía ser la exigencia del río. Do ut des: ¡ Les entrego al ahogado si ponen en libertad a ese negro bocón!, era el requisito sine qua non que imponía el río. Sólo a él le permitía adentrarse en sus entrañas; con él era como una tierna y pacífica paloma. Ante él su ferocidad se transformaba.

-Juan: ¡ Un ahogado! Eran las palabras rutinarias del Prefecto hacia el «encalabozado».

En la celda el negro, todavía con el alcohol en el cerebro, sabía que, su fiel amigo el río, demandaba su libertad. La masa de agua vigorosa como el mismo Juan, sonreía. Sabía que el atrevimiento de quien le retaba, su nueva víctima, significaba la libertad del amigo.

El negro se mostraba indiferente ante las palabras del Prefecto. Se tomaba su tiempo, se daba su importancia. Solamente él se entendía con el río. Estaba seguro que no le fallaría.

Podía hacerse esperar. Estaba preso pero su libertad estaba garantizada. No tenía ninguna prisa.

  • ¡Juan, Juan, un ahogado!

El negro se regodeaba. Se mostraba con la indiferencia de la mujer hermosa que se siente segura de su poder seductor y que se hace rogar cada vez más ante los requerimientos del macho atrapado en sus encantos.

  • Juan, Juan, Juan, Juan… ! aumentaban los decibeles de la voz autoritaria del Prefecto, en el infructuoso convencimiento de que el negro se intimidase a la fuerza de su garganta.

Ante la indiferencia golpeaba desesperadamente como mono enloquecido los barrotes del calabozo. Daba la sensación que el Prefecto era el prisionero del negro Juan.

Los demás presos sonreían con malicia. Se sentían reivindi­cados en la actitud fría y calculadora del negro Juan. Estaba claro para ellos que el hombre se burlaba del poder. Contaba con la amoral complicidad incondicional del río. Nadie se atrevería a violar el pacto indisoluble.

En Santa Bárbara existían extraordinarios nadadores. Desde niños aprendíamos la técnica. Yo mismo me escapaba a un lugar llamado El Paraíso, a bañarme en sus orillas. Durante los fines de semana, las familias hacían paseos a La Perrera (cuna del crítico literario J.M. Semprum), La Rivera y otros sitios, a disfrutar cautelosamente del río.

Jamás hacían esto en tiempo de crecida. Durante esta época aparecían billones de billones de diminutas sardinas. Ese río hoy casi estéril, era inconmensurablemente fecundo. Ambas poblaciones podían perfectamente alimentarse de su generosidad. Gracias a él la población tenía suficientes proteína animal. Bastaba un anzuelo para obtenerla.

En la temeridad de nuestra niñez, para no recibir ningún castigo, nos quitábamos la ropa y penetrábamos desnudos sus orillas. Tomábamos un saco de fique por las puntas, lo sumergíamos y extraíamos miles de sardinas. Las echábamos en potes que se superpoblaban.

-Era muy niño. No había cumplido aún los siete años. No recuerdo qué hacíamos luego con las sardinas. Eran tantas, que imagino se perdían.

– Eramos, lo reconozco, unos niños depredadores de sardinas.

Por cierto, mi madre entre las razones que alegaba para haberme internado en un cuasi-monasterio en la Grita (el mismo terrible internado del film «Una vida y dos mandados»), era su miedo a que el río me hubiese «cazado». En verdad que me lo merecía por la maldad con sus sardinas.

Seguro que el negro Juan, hubiese rescatado mi cadáver con mucho dolor. El negro, aparte de sus brabuconadas, tenía un corazón que no le cabía en su resistente cuerpo de atleta. Quería mucho a Rita Prieto, mi madre.

Su hermana, una negra santa, que sufría mucho por las borracheras y el carácter belicoso de Juan, nos planchaba la ropa. Tenía un temperamento totalmente opuesto al de Juan. Un extraño jamás se hubiera imaginado que eran hermanos. Mi madre la trataba como parte de la familia. Era una negra llena de virtudes.

En fin, el negro Juan era nuestro amigo. Por eso creo que de haberme «cazado» El Escalante, Juan se hubiese enojado profundamente. Quizás con su densa voz, le hubiese encarado y golpeado con su puño de acero. Quizás se hubiesen generado entre ellos fuertes reproches y algún distanciamiento temporal.

En realidad, el negro tenía muchos defectos. Pero era muy leal con sus amigos. Existía una relación fraternal entre nosotros. Empero, no creo que se hubiese producido entre ellos una ruptura total.

Es posible que esta sincera y respetuosa amistad con el negro Juan haya influido en el río para hacerse de la vista gorda ante nuestra impertinencia y tendencia «ecocida». Es también factible que el río me permitiese vivir para dejar -por mi intermediación

  • testimonio de esa extraña relación entre él y Juan.

Para poner punto final a esta elucubración, digamos como el español: ¡Vaya usted a saber lo que pensaba el río!

  • ¡ Cono Juan, no te hagáis de rogar! Le gritó un agente de policía que acompañaba al Prefecto.

Juan estaba impertérrito. Era un actor nato, auténtico, ori­ginal, perfecto, duro. Superior a Marión Brando y a tantos otros.

Las orillas del río, tanto del lado de Santa Bárbara como de San Carlos, estaban repletas de gente. Numerosas canoas con expertos pescadores provistos de redes y atarrayas buscaban infructuosamente al ahogado. Un joven, casi imberbe, experto nadador, triunfador en justas internacionales José Motero, padre de ese gran médico y mejor amigo, Sócrates Motero, en actitud valiente quiso despojarse de su ropa y lanzarse al río. Sus familiares y amigos lo domeñaron. Hubiese sido lamentable, porque el río hubiese considerado como soberbia e irrespetuosa su actitud y no hubiese entendido su vena heroica. Hoy lo lamentaríamos también, porque Sócrates no estaría con nosotros. En realidad, como diría la gente «estaba escrito y al río no le hubiese quedado ninguna alternativa».

  • ¡Juan, Juan!, exclamó la voz tierna y suplicante de una mujer. Era la maestra Báez.

Los Báez constituían una familia querida y respetada en Santa Bárbara. Era una familia de educadores. De esos abnegados educadores de antaño. De amor y vocación. Parecían predestinados a esta tarea. Con apenas sexto grado se conver­tían en sabios maestros. A uno de ellos, el maestro Báez, que creo se graduó de licenciado y luego estudió derecho lo tuve como alumno en la materia Filosofía del Derecho en L.U.Z. El fue maestro de mis dos hermanos mayores. En una ocasión me habló de que yo había sido su alumno y ahora era su profesor. No quise aclararle la situación. Por mis hermanos supe que fue un excelente maestro. Lamenté mucho haberlo aplazado en mi materia. Pienso que logró su meta de graduarse de abogado.

El negro Juan saltó como un resorte y se puso en pie al identificar a la maestra Báez. La forma suplicante como le hablaba lo hizo pensar: ¡ Ya mi amigo el río echó una vaina!

-Ciertamente, la nueva víctima era el esposo de la maestra Báez.

Días antes, la maestra había contraído matrimonio con un joven bajo el comentario de las demás casaderas de que «la suerte de las feas las bonitas la desean». El joven era apuesto, muy bien parecido, fino y elegante. La belleza de la educadora no era precisamente exterior. No se ajustaba a la noción tradicional que manejaban estas «bellas casaderas». Ignoro las razones de esa actitud suicida del esposo de la maestra Báez. Con el río crecido, en forma temeraria se lanzó desde la punta del antiguo puente que unía a Santa Bárbara con San Carlos. Un puente que la tecnología de entonces permitía que se abriera para que pasaran las piraguas. Era una tecnología muy primitiva porque se abría cuando, mediante la acción humana y a través de unas guayas, se subían unos pesados carritos de plomo que denominábamos «perritos». En ocasiones las guayas se partían y el negro Juan era el buzo experto que los localizaba en el fondo del río.

Juan, apenado y con gran recogimiento, escuchó a la maestra Báez.

Como el gran señor del río, Juan salió de la celda y abandonó el retén policial acompañado de una gran procesión humana. A todos nos dominaba una gran tristeza. Nos identificaba el dolor solidario con la maestra Báez. Aún las «casaderas» envidiosas sufrían el dolor con complejo de culpa.

El negro Juan caminaba silencioso, indiferente ante la multitud

y en comunión con el dolor general.

Parcamente solicitó se le ubicara en el sitio en que se había lanzado la víctima. El río estaba sobreabundantemente crecido. Amenazaba salirse de madre. Con infinita confianza en sí mismo, Juan parecía haber entrado en trance. Era como un diálogo cuyo lenguaje solamente lo conocían Juan y el río.

El hombre asumió posición de lanzarse, tomó impulso y desapareció en las entrañas del Escalante.

Todo fue silencio. Todo fue desesperante espera. Los segundos se convertían en minutos. Los minutos en horas. No sé cuántas fueron las horas-minutos, los minutos-hora. En verdad, este tiempo no se puede medir con los mecanismos de nuestros relojes. Pero el reloj humano cargado de emoción, de sentimientos, de anhelos, de tristezas, hacían interminables los segundos que transcurrían. Digamos entonces, que después de un siglo de espera el negro Juan salió a flote.

Era una larga distancia la que había recorrido bajo el río. En su mano derecha y con su fuerte puño de imbatible boxeador (en este campo pienso que hubiese sido campeón mundial), sostenía a través del cuello de la camisa al cadáver del esposo de la maestra Báez.

Lo demás es un relato nefrológico del cual no quiero acordarme. No soy dado a contemplar los muertos.

Cuando escribía esta crónica, me preguntaba: ¿estará todavía biológicamente vivo el negro Juan? Si lo está, pensé, seguro que no es el mismo negro bocón, arrogante y pendenciero. Posteriormente indagué y establecí que hoy, el negro Juan es un anciano, cuya fortaleza el alcohol no ha logrado consumir. En todo caso, a los efectos de estas líneas no esto último lo transcendental. Interesa sí, como lo sugiere el «axioma» existencialista, dejar constancia, no de la vida biológica del negro Juan, sino de la auténtica, de la extraordinaria, diferente, única y absolutamente irrepetible biografía de este hombre, con cuya particular existencia me siento comprometido.

Estoy seguro que el actualmente el decrépito Río Escalante, como la mujer de Juan Charrasqueado, sigue llorando a su Juan.

Nosotros lloramos por el río que muere, por los millardos de millardos de sardinas, bagres, pámpanos, paletones, mañanas, armadillos, babillas y caimanes que generosamente nos otorgaba, como igualmente lo hemos hecho por sus piraguas.

Loma del Viento. Parque Nacional Chorro del Indio San Cristóbal, 19 de septiembre de 1998

Tomado de Crónicas y Cuentos Zulieros.

Dr. Domingo Labarca Prieto

4 COMENTARIOS

  1. Excelente relato lo conocí en vida y hasta llegue a verlo tarrallar logre conversar con él en las orillas del río escalante en mas de una ocasión

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